Puestos a elegir prefiero un recorte del 5%
Incluso antes que ningún recorte.
Esta es la mejor manera que puedo imaginar para plantear batalla dejando a salvo a la familia. Porque estoy harto de sentirme como conejo en tiempo de veda y creo que ésta sería la oportunidad para que los conejos salieran al campo con escopetas.
No se si estaréis de acuerdo conmigo en que a estas alturas el hipotético anuncio de que se ha descartado la retroactividad sólo representaría un cierre en falso de la crisis. Los enemigos ya están claros, la guerra declarada y las fuerzas del bando contrario aún están intactas.
Sólo sería cuestión de tiempo que se abriera de nuevo la veda del inversor fotovoltaico. Por ejemplo una subida de la rentabilidad exigida a la deuda o el seguro encarecimiento del petróleo motivado por la devaluación del euro nos conduciría a un nuevo escenario de costes crecientes en el sector eléctrico que volvería a poner sobre el tapete el verdadero problema que aún no se ha resuelto: el déficit de tarifa.
Mientras el sector eléctrico siga bajo el control de una banda de saqueadores es imposible su saneamiento económico y solvencia y, sin ésta última, es imposible que nosotros tengamos garantías de cobro. Más pronto o más tarde siempre volveríamos al mismo sitio para convertirnos en el centro de todas las miradas ávidas de expolio.
Esta situación ya no se puede dejar por más tiempo así. Creo que ha llegado el tiempo de presentar batalla. A nadie le gusta la guerra y a mí probablemente menos que a nadie. Tengo ya demasiados huesos rotos por otras anteriores. Pero es innegable la utilidad de una batalla ganada porque te da prestigio a la vez que el respeto del contrario al que has vencido demostrando tu superioridad y, de este modo, se evitan nuevas batallas.
Y si tengo que ir a la guerra prefiero hacerlo contra un enemigo que comete errores que lo hacen vulnerable. Por eso creo que éste es el momento de plantarse a pie firme. Los argumentos de la alianza Sebastián-eléctricas están tan llenos de errores de bulto y mentiras que ante un tribunal no tendrían la más mínima opción de victoria y quedarían más agujereados que un colador. Todos sabemos que el centro de la cuestión no es el interés público sino intereses inconfesables disfrazados de interés público.
Una parte fundamental del pleito sería precisamente ésta en la que, recayendo la carga de la prueba sobre el Estado, debería éste demostrar que la vulneración de principios como la seguridad jurídica y la confianza legítima está justificada por un interés público superior. Esto es imposible de demostrar porque es una falsedad en la que nosotros tenemos mucho que decir.
Por este procedimiento del pleito y, como argumentos inicialmente defensivos, tendríamos la oportunidad de exponer en su justa verdad todos los males que aquejan al sector eléctrico y transformar, de este modo, una actitud defensiva en otra ofensiva. En defensa del principio de no discriminación, viene al caso argumentar que nuestra rentabilidad es razonable pero no lo es la de otros muchos igual que viene al caso argumentar que las causas del déficit de tarifa no son las expuestas por el Abogado del Estado sino otras bien distintas y conocidas a estas alturas, incluso diagnosticadas por la Comisión Nacional de la Energía.
Para el que se haya preguntado al principio, al leer el título, si me he convertido en otro servil acobardado creo que ya habrá quedado aclarada la duda. No se trata de eso sino de todo lo contrario, se trata no sólo de resistir sino de presentar la batalla en las mejores condiciones posibles con el objetivo último de sacar a la palestra la inocencia de la fotovoltaica de cuantas acusaciones falsas se le atribuyen y, de camino, tirar de la manta con la que se ocultan los saqueadores. Solo así podremos tener paz algún día.
“Defecto por defecto, preferible es la arrogancia al apocamiento; la osadía mide sus fuerzas y vence o es vencida, pero la modestia excesiva huye de la batalla y se condena a vergonzosa inacción”. Santiago Ramón y Cajal
Tal como alimentan sus cuerpos con riqueza robada, así alimentan sus mentes con conceptos robados, y proclaman que la honestidad consiste en negarse a saber que están robando (Ayn Rand).